Entre Violeta y Antonia

Caminaba por la playa al atardecer. No, esperen, era por la plaza de al lado. En realidad da lo mismo. Lo importante es que era día de semana, lunes, jueves o algo así. Entonces, era un día de fin de semana más en que salía a pasear por la playa, ¿o era por la plaza? Bueno, No importa.
Una vez que quedó claro que no estaba en mi casa ese día de fin de semana les puedo explicar lo que me pasó. Recuerdo perfectamente que estaba caminando por la playa cuando la conocí, se llamaba Violeta. Caminamos juntos un largo rato por la plaza, fue así como supe sus gustos. Siempre pensé que Antonia era un nombre precioso, pero nunca había conocido a nadie que se llamara así. Esa tarde me di cuenta de qué era lo que me provocaba admiración. Su pelo largo y rubio se reflejaba como el sol en la pileta, y hacía que la luz de sus ojos verdes estuviera en perfecta armonía con su cuerpo y su sonrisa. Pensé en su manera de ser, suave y serena. Al fin entendía lo que me ponía nervioso. Todo esto desaparecía cuando estaba con Violeta. Necesitaba un cambio de actitud, un cambio de mentalidad. La invité a cenar. Me encantaba su hermoso pelo corto, me fascinaba el brillo de sus grandes ojos negros.
La comida estaba exquisita. Antonia me agradeció por la velada encantadora. Una vez que terminamos de comer fuimos a su departamento en el centro. Me despedí de ella con un suave y tierno beso. Prometimos volver a vernos.
Después de una semana me llamó Violeta. Estaba indignada porque no la había llamado cuando prometí hacerlo. La verdad es que todavía no entiendo. Volví a su departamento para conversar con ella. La veía igual que siempre, con su pelo negro y sus ojos verdes. Le dije que no se preocupara, que estaba seguro de haber hablado con ella. Me miró con cara de asombro, desconcertada con las palabras que salían de mi boca. No me importaba, sabia que había hablado con ella, recordaba la comida, recordaba el paseo.
Quizás por eso tengo esta camisa apretada. Quizás por eso los remedios en la mañana.









