La apoteosis del desperdicio
por Rosa Montero
Sucedió durante las fiestas. Cenaba con mis padres cuando en un rincón de la mesa aparecieron un par de copas viejas de champán. Para esa avanzada hora de la noche toda la cristalería estaba sucia, y por eso hubo que recurrir a esas antiguallas. Tenían un diseño panzón y achaparrado, con la tripa tallada; eran unas piezas modestas, nada del otro mundo, y, sin embargo, en ese momento me parecieron los objetos más bellos de la Tierra. Porque venían directamente de mi infancia, como naves marcianas acabadas de llegar del espacio exterior, del tiempo niño, del ayer remoto sepultado en algún rincón de la desmemoria.
Eran las copas que se usaban en las fiestas, en mi niñez, cuando a los pequeños se nos permitía mojas los labios en bebidas doradas y burbujeantes, en alcoholes prohibidos que en esas ocasiones, sin embargo, y solamente en esas mágicas noches de jolgorio, te daban a probar tus propios padres, como en un rito de iniciación al mundo adulto.
Viendo ahora las copas, encontrándomelas de repente tras haberlas olvidado, volví a sentirme de inmediato allí, en las noches primeras, cuando la vida era un paquete de regalo aún sin abrir; con las mejillas ardiendo y el corazón latiendo; con una madre hermosa que era entonces más joven de lo que ahora soy yo; con un padre gigante que me ofrecía el vaso con mano firme, esa misma mano hoy manchada por la edad y temblorosa, la mano de mi pequeño, anciano padre. Todo eso está impreso en el cristal tallado de las copas, como una holografía emocional. Es la poderosa memoria de los objetos.
Pero para que éstos puedan adquirir esta memoria formidable y profunda, es necesario convivir con ellos, respetarlos, desarrollar una intimidad y un entendimiento. Antes los objetos formaban una especie de segunda piel para los humanos; quiero decir que no era fácil poseer cosas, no siquiera para los muy ricos, porque las cosas se hacían manualmente, o al menos pasaban por un largo proceso de confección y comercialización. Por regla general, para tener un objeto, había que desearlo durante bastante tiempo; había que pensarlo con detenimiento, decidiendo qué características se preferían; había que buscarlo o encargarlo, y a veces, incluso, había que construirlo con las propias manos.
Los objetos estaban hechos para durar, para acompañar a mujeres y hombres en el tránsito de sus vidas. El mismo candil de hierro podía alumbrar tu nacimiento e iluminar muchos años después las sombras de tu agonía; el mismo peine de marfil podía desenredar tu cabellera de doncella y tus canas de abuela. Los humanos tendemos a creer lo que hoy vivimos y hoy pensamos es lo que siempre hemos vivido y creído; por eso nos cuesta recordar que el mundo ha cambiado vertiginosamente en los últimos años, y que nuestra relación actual con los objetos apenas si tiene medio siglo de vida. Esta avidez por adquirir cosas que no necesitamos y no usamos, y que al poco tiramos, para luego lanzarnos a comprar frenéticamente más cosas nuevas; esta apoteosis del desperdicio que es la sociedad de consumo, en fin, es un fenómeno muy nuevo.
Somos los reyes de la basura. Los occidentales, digo. En toda la historia de la Humanidad no ha habido una sociedad que haya producido más desechos por barba que nosotros. Vivimos rodeados por un torbellino de objetos inútiles con los que no tenemos ninguna relación y a los que no nos llegamos a acostumbrar. Nuestro paisaje doméstico ya no nos ve crecer, ya no nos acompaña en el viaje de la vida; las cosas ya no pueden guardar nuestra memoria. Es una suerte de desastre ecológico, algo así como la pérdida del ecosistema de la nostalgia. Quiero decir que a lo peor nuestros hijos ya no dispondrán de copas lo suficientemente preservadas, lo suficientemente queridas y vividas, como para que en sus panzas de cristal pueda anidar el sabor intacto de la infancia.
Eran las copas que se usaban en las fiestas, en mi niñez, cuando a los pequeños se nos permitía mojas los labios en bebidas doradas y burbujeantes, en alcoholes prohibidos que en esas ocasiones, sin embargo, y solamente en esas mágicas noches de jolgorio, te daban a probar tus propios padres, como en un rito de iniciación al mundo adulto.
Viendo ahora las copas, encontrándomelas de repente tras haberlas olvidado, volví a sentirme de inmediato allí, en las noches primeras, cuando la vida era un paquete de regalo aún sin abrir; con las mejillas ardiendo y el corazón latiendo; con una madre hermosa que era entonces más joven de lo que ahora soy yo; con un padre gigante que me ofrecía el vaso con mano firme, esa misma mano hoy manchada por la edad y temblorosa, la mano de mi pequeño, anciano padre. Todo eso está impreso en el cristal tallado de las copas, como una holografía emocional. Es la poderosa memoria de los objetos.
Pero para que éstos puedan adquirir esta memoria formidable y profunda, es necesario convivir con ellos, respetarlos, desarrollar una intimidad y un entendimiento. Antes los objetos formaban una especie de segunda piel para los humanos; quiero decir que no era fácil poseer cosas, no siquiera para los muy ricos, porque las cosas se hacían manualmente, o al menos pasaban por un largo proceso de confección y comercialización. Por regla general, para tener un objeto, había que desearlo durante bastante tiempo; había que pensarlo con detenimiento, decidiendo qué características se preferían; había que buscarlo o encargarlo, y a veces, incluso, había que construirlo con las propias manos.
Los objetos estaban hechos para durar, para acompañar a mujeres y hombres en el tránsito de sus vidas. El mismo candil de hierro podía alumbrar tu nacimiento e iluminar muchos años después las sombras de tu agonía; el mismo peine de marfil podía desenredar tu cabellera de doncella y tus canas de abuela. Los humanos tendemos a creer lo que hoy vivimos y hoy pensamos es lo que siempre hemos vivido y creído; por eso nos cuesta recordar que el mundo ha cambiado vertiginosamente en los últimos años, y que nuestra relación actual con los objetos apenas si tiene medio siglo de vida. Esta avidez por adquirir cosas que no necesitamos y no usamos, y que al poco tiramos, para luego lanzarnos a comprar frenéticamente más cosas nuevas; esta apoteosis del desperdicio que es la sociedad de consumo, en fin, es un fenómeno muy nuevo.
Somos los reyes de la basura. Los occidentales, digo. En toda la historia de la Humanidad no ha habido una sociedad que haya producido más desechos por barba que nosotros. Vivimos rodeados por un torbellino de objetos inútiles con los que no tenemos ninguna relación y a los que no nos llegamos a acostumbrar. Nuestro paisaje doméstico ya no nos ve crecer, ya no nos acompaña en el viaje de la vida; las cosas ya no pueden guardar nuestra memoria. Es una suerte de desastre ecológico, algo así como la pérdida del ecosistema de la nostalgia. Quiero decir que a lo peor nuestros hijos ya no dispondrán de copas lo suficientemente preservadas, lo suficientemente queridas y vividas, como para que en sus panzas de cristal pueda anidar el sabor intacto de la infancia.
Hace muchos años en la revista El Sábado de El Mercurio.










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chucha felipe alguien te está enviando un msje subliminal