A mi me gusta Dylan

A mi me gusta Dylan porque cada vez que lo escucho no puedo dejar de pensar en aquello realmente importante. En aquellas cosas que, sin importar lo que suceda, siempre estarán ahí. Y no es algo directo y exacto que podamos extraer de algunas oraciones, es un sentimiento completa y absolutamente intuitivo, independiente del estado racional en el que nos veamos atrapados diariamente. No se trata de ponernos en un estado de ánimo determinado, se trata de una musicalidad que invita a la reflexión en su estado más transparente, desintoxicado de la transitoriedad con que nos invade lo cotidiano. Son cientos las veces que he tratado de estudiar o trabajar escuchando alguno de sus discos, pero simplemente no puedo. Un teatro lleno escuchando cada cuerda y sílaba es lo más natural, ¿cómo podría ser de otro modo?
A mi me gusta Dylan porque transmite con claridad lo que parece imposible de expresar con palabras. Su poesía se mezcla con su tono de voz en cada década como si no pudiese ser de otra forma, como si la voz tuviese que cambiar para poder decirlo y seguir sonando espontánea e ingenua, pero a la vez sabia y completa. Y se trata de algo que va mucho más allá de la armonía, se trata del tono, un tono ridículamente pertinente, pero también un tono religioso, a veces ingenuo, a veces tranquilo, a veces histérico, pero siempre y cada vez necesario. Al punto que la necesidad se vuelve algo habitual y, tal vez, en ese punto algo más humano, más real.
A mi me gusta Dylan porque a ratos parece el puente entre lo onírico y lo material. Porque no he conocido a nadie que pueda transmitir los colores de un sueño de la forma en que lo hace. Porque el tiempo se vuelve una anécdota en su representación literaria del sueño y pasamos a un estado donde la respiración parece volverse algo inexacto, y eso es difícil de lograr, ¿a quién le gusta la respiración inexacta?
A mi me gusta Dylan porque vivió sin pasado en el momento en que el mundo más lo necesitaba. Como si hubiese puesto en pausa toda su vida personal para jugar por algo más grande y auténtico. Y porque el pasado se hizo siempre presente cuando más lo necesitábamos, cuando había que escuchar a Hattie Carroll, cuando la historia forma enseñanzas que ejemplifican lo que las palabras a menudo nos esconden caprichosamente. Es cierto que el pasado puede ser atormentador y estremecedor, y puede impedir ver el presente con claridad, sobre todo en un mundo agitado y polarizado. Pero también cierto que puede jugar a nuestro favor. Y Dylan se dio cuenta de esto, lentamente pero dando pasos seguros en un mundo donde pocos pueden abstraerse del pasado y pensar en el futuro de manera diferente. Muy pocos pueden decir con convicción que hay cosas que no hay que pensarlas dos veces, porque está todo bien, muy bien. Y eso llega profundo, transmite una tranquilidad pacificadora, purificadora.
A mi me gusta Dylan porque su poesía es a-temporal, anacrónica a las banalidades contemporáneas, y sustantiva en temas trascendentales. Porque cuando habla de amor no necesita decir lo que queremos escuchar, y esa necesidad no lo contamina de la pureza y rectitud de las palabras. Esas palabras que no siempre están ahí donde deberían estar, pero llegan, a veces incluso de manera carnavalesca. Seguro que Dylan podría sentarse y tener largas y necesarias conversaciones con Borges en un mundo sin sustantivos y ser grandes amigos y reírse de palabras como carnavalesca.
A mi me gusta Dylan porque podría ser amigo de Borges, y a mí Borges me gusta bastante. La transitividad me dice que a mi me gusta Dylan.
Por eso y mucho más, a mi me gusta Dylan.
Felipe González










me alegro que no hayas dejado de lado esto. el otro día me acordé de su existencia.